Bosquejos
I
Ella miraba el retrato.
Su mente divagaba por cada línea de la pintura, una especie de nostalgia con sabor amargo se dibujaba en el rostro de aquella mujer a la que estaba mirando.
Podía el viento estar sonando fuerte allá afuera pero dentro de ese espacio nada existía, solo ese sentimiento, esa búsqueda con ganas de encontrar una respuesta que le devuelva el sentido a todo lo que ella sentía.
- Se hace tarde.
- ¿Tarde para qué?.
- Ya van a cerrar.
- Te alcanzo en un momento.
¿Qué es lo que examinaba con tanto interés en esa pintura? Ella se preguntaba, trataba de responder, de hallar una señal. La nostalgia, sí, eso tenía mucho que ver pero no era suficiente, Quería estar convencida que finalmente encontraba en esos gestos lo que ella sentía, lo que estaba viviendo, pero no sabía que le pasaba, ¿cómo encontrarlo en el lienzo?
Caía una lágrima. Era tarde, la estaban esperando.
II
Sonaba Salento de René Aubry.
- ¿Una copa de vino para usted señorita?
- Por favor. Gracias.
- Hoy estás más callada que nunca.
- A veces no son necesarias las palabras.
- ¿He dicho algo que pueda ofenderte?
- No, nada. No lo tomes personal.
- Tu mente está en algo nuevo, supongo que piensas pintar.
- Esta noche no. Tal vez mañana.
- No seas tan dura conmigo.
- Perdón, es tarde, estoy cansada. Hoy no soy una buena compañía.
- ¿Por qué no me dejas ayudarte?
- No necesito ayuda, sólo tiempo.
- Entiendo.
- Es tarde.
- Te llevo a casa.
III
Correr, correr mucho, muy rápido y con firmeza ¿podría tener fuerzas?
Arboles, un camino, corría sin descanso, no se agotaba. Quería gritar, gritó. Quería llorar, no pudo. Y de pronto era tarde, estaba sola, escuchó unos pasos. Despertó.
Un vaso de agua y un poco de música la mantuvieron despierta por muchas horas. Seguía pensando en el retrato, en ella, en la noche, en el vino, en el silencio. ¿Era soledad?, pero ella siempre había estado sola, amaba su soledad era su mejor compañía.
Lo había perdido todo, eso era.
IV
Comenzó a pintar. Habían líneas, un sueño.
Dibujaría alas. No, solo un ala, la otra se había perdido, estaba quebrada. Dejó por un momento los pinceles, se acercó al piano y tocó, comenzaba a sonreír como no lo hizo hace días, terminó la pieza y con ella dejó el gesto.
Caminó hacia la pintura, dibujó su sueño. Se vistió, cogió su bolso, pensó en las llaves, las dejó en el cajón. Decidida se apresuró a la pintura.
Se marchó, empezó a volar.
Tenía esperanzas, no volteó.
Patica
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